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Aviso: El fic está inspirado en un juego online llamado Shaiya. Algunos de los personajes son los que manejo, otros son los que maneja el ordenador, y otros han sido inventados. Todo parecido con los personajes y situaciones de otros jugadores son pura coincidencia.
1 - Aegor
Gliter. Aquel había sido su hogar durante muchos años. Había nacido allí, entre los Vails, los elfos oscuros que seguían a la Diosa de la Oscuridad, allí se había convertido en un guerrero al servicio de la Unión de la Furia, y de allí se había marchado jurando para sí mismo que no volvería por mucho que se lo rogasen. Y allí estaba de nuevo, con su bolsa al hombro, regresando a su hogar después de cinco años de un exilio autoimpuesto.
Recorrió las calles que se le hacían tan lejanas con una mezcla de emoción por su regreso y de nerviosismo por todo lo que había dejado atrás y con lo que no le iba a quedar más remedio que volver a encontrarse. Suspiró y tiró de la bolsa que resbalaba por su hombro, saludando vagamente a las caras conocidas que encontraba. Gente a la que no recordaba muy bien después de sus años de ausencia. Hasta que alguien lo paró dándole una palmada en el hombro que a punto estuvo de tirarlo de bruces al suelo.
―Hombre Aegor, cuanto tiempo sin verte ―rugió una voz detrás de él.
El Vail se dio la vuelta. Un tipo de unos dos metros de alto y con un diámetro comparable al tronco de un árbol, reía contento de reencontrarse con un viejo amigo. Aegor lo reconoció enseguida. Aquel humano de nombre impronunciable había sido su compañero de aventuras en más de una ocasión.
―Hola, Pwyll ―respondió sobándose la zona que había recibido el golpe, que todavía le ardía―. Sí, he estado ocupado con algunas cosas.
Aquello no era del todo cierto. La mayor parte del tiempo no había hecho gran cosa, aunque tampoco le apetecía demasiado hablar de su ausencia, porque sabía que tarde o temprano acabarían hablando de la razón de que se hubiese marchado.
―¿Lo has visto?
La gran pregunta. Y Pwyll la había hecho mucho antes de lo que esperaba. ―No ―dijo negando con la cabeza. Ni ganas que tenía, aunque se guardó de decirlo en alto.
―Ya, está reclutando gente para ir a la frontera. Seguro que te pide ayuda ―explicó mientras llegaban frente a la casa del Vail.
Aegor no estaba tan seguro de que Kadar, uno de los líderes militares de la ciudad, y su antiguo amante, estuviese dispuesto a pedirle nada. No si no podía sacar provecho. Concretamente, si no podía recuperarlo.
―Ven a cenar uno de estos días ―lo invitó dándole otra de aquellas fuertes palmadas, haciéndole perder el equilibrio ligeramente―, te prepararé algo con lo que te chuparás los dedos ―gritó mientras se alejaba.
Aegor negó con la cabeza mientras pensaba en lo mal cocinero que era su amigo y en la invitación que no iba a poder rechazar. Buscó en su bolsillo hasta encontrar las llaves de su casa y abrió la puerta. Se fue directamente a su habitación, tiró la bolsa a un lado y se tumbó boca arriba en la cama. Haber mantenido durante todo ese tiempo a alguien que limpiase, había sido una buena idea. Algo menos de lo que preocuparse. Ya tenía suficiente con averiguar como se las iba a arreglar con Kadar.
Se había marchado de Gliter por su culpa. Bueno, no exactamente por su culpa, pero sí para escapar de él. Necesitaba tiempo para estar solo después de su ruptura, que no había sido precisamente muy agradable. Después de cinco años le había empezado a entrar nostalgia de su hogar, y había decidido regresar, pero de repente no estaba seguro de que hubiese sido una buena idea. Aunque si Kadar se quedaba en la frontera, todo sería mucho más fácil. Para los dos.
Un rugido de su estómago le recordó que hacía horas que no comía nada. Se levantó y salió a buscar un lugar para comer. Dio un par de vueltas, incapaz de encontrar la taberna a la que solía ir. Al parecer la ciudad había cambiado un poco mientras no estaba. Finalmente, entró en la primera que encontró y se sentó en la mesa más alejada de la entrada. Quería estar solo. Pero al parecer, su diosa no opinaba lo mismo.
Entre la multitud de extranjeros que llenaban el local, distinguió una figura que se le hizo conocida. Demasiado. Por un momento pensó en levantarse y salir de allí, pero Kadar ya lo había visto. Gruñó por lo bajo y fingió concentrarse en el trozo de carne de su plato, con la esperanza de que así lo dejase en paz. Casi ni lo había pensado cuando el Vail ya estaba sentado frente a él. Aegor ni se molestó en levantar la mirada.
―Te he echado de menos ―lo saludó el recién llegado.
―Yo a ti no.
―Siempre tan sincero ―rió con ironía mientras le robaba un poco de la verdura que le habían servido como guarnición.
―¿Prefieres lo contrario? ―replicó mirándolo por primera vez―. Te he echado muchísimo de menos, Kadar ―dijo fingiendo un tono melodramático.
―Tampoco hace falta que te pongas así ―respondió en voz baja, temiéndose que aquello iba a terminar en una de sus discusiones, y eso le iba a impedir decirle lo que quería―. Pwyll me ha dicho que habías regresado ―Aegor gruñó por lo bajo y siguió comiendo sin hacerle caso―. Necesito que me ayudes.
Aegor lo miró fijamente. Así que después de todo, Pwyll tenía razón. Sabía que aquel era el momento de levantarse y dejarlo con la palabra en la boca. Pero se quedó. No sabía si lo hacía por probar si realmente había superado su ruptura o porque le intrigaba saber qué clase de ayuda quería de él. Dejó los cubiertos y apartó su plato vacío, dispuesto a prestarle atención.
―Hace un par de meses la Alianza atacó nuestras posiciones en Proelium. Logramos rechazarlos, pero sufrimos muchas bajas ―hizo una pausa. Recordar aquella batalla todavía le ponía un nudo en el estómago―. Hay rumores de que aquello sólo era un avance de algo mayor. He enviado espías, pero ninguno ha vuelto.
―¿Y quieres que vaya yo? ¿Para poder librarte de mí?
―Necesito tu ayuda de verdad ―repitió con urgencia, haciendo caso omiso de su sarcasmo, con los ojos brillando como hacía tiempo que Aegor no los había visto, mucho antes de marcharse.
―¿Qué es lo que quieres?
―Un prisionero. Alguien de la Alianza que pueda decir lo que está pasando.
―Está bien, te conseguiré tu prisionero.
Se puso en pie, haciéndole un gesto a Kadar para que lo siguiera. Pagó la comida y salió a las calles de Gliter, todavía llenas de gente. Avanzaba con paso ligero, y Kadar tenía que ir casi a la carrera para seguirlo, maldiciendo la costumbre de los Assassins, los guerreros Vails, de caminar como si los persiguiera una horda de Trolls. Cuando por fin se detuvieron ante la casa de Pwyll, se apoyó en la pared para recuperar el aliento, mientras Aegor aporreaba la puerta, hasta que el enorme Death Eater la abrió.
―Consígueme dos o tres miembros para una expedición, y asegúrate que al menos uno sea un Pagano o un Oráculo, vamos a necesitar su magia ―le soltó antes de que pudiese decir nada―. Los quiero listos a primera hora para ir a la frontera.
Y acto seguido dio media vuelta, dejando al hombre completamente asombrado, mientras el otro Vail resoplaba y se ponía de nuevo en marcha.
―¿Quieres parar un momento? ―suplicó pasando una mano por su alborotado pelo oscurecido por el sudor.
―Lo siento, es la costumbre ―se disculpó, ya delante de su casa.
―Gracias por ayudarme ―susurró acercándose un poco más de lo necesario.
Se había pasado demasiado tiempo esperando a que volviese, fantaseando con aquel momento más de lo que debería hacerlo, abrigando demasiadas esperanzas que no sabía si alguna vez vería cumplidas. Pero allí estaba, con el cuerpo del Assassin bien marcado bajo su ajustada ropa de cuero marrón, su pelo negro y lacio que hacía destacar sus ojos de un gris claro y brillante… Se reprendió por no haber sido capaz de seguirlo a donde quiera que fuese cuando supo que se había marchado. Había sido un imbécil. Pero ahora tenía la oportunidad de remediarlo, de volver a tenerlo, de ser suyo.
Aegor no estaba pensando exactamente lo mismo. Quería que se marchase antes de que pudiese ceder a unos sentimientos que pensaba que hacía tiempo que había controlado, pero que estaba descubriendo que no era así. Ni siquiera era capaz de pedirle que se fuera, que lo dejase solo, con la excusa de que estaba cansado o cualquier otra. Y cuando los labios de Kadar se pegaron a los suyos, no fue capaz de rechazarlos, a pesar de que estaba convencido de que aquello era un gran error.
Se vio empujado contra el muro, acorralado por el cuerpo de Kadar, e instintivamente echó atrás una mano para trata de abrir la puerta y esconderse de las miradas de estupefacción que se estaban ganando. Su acosador le quitó la llave, abrió la puerta y lo empujó al interior.
―¿Tu dormitorio sigue estando en el mismo sitio? ―preguntó mientras lo llevaba quitándole la ropa por el camino.
Aegor no se molestó en responder. Estaba demasiado ocupado en desnudarlo y dejar una marca oscura en cada palmo de piel que iba descubriendo. Se dejó caer en la cama, arrastrando a Kadar con él, los dos ya completamente sin ropa. Sus lenguas se enredaron en una lucha en la que ninguna pensaba ceder, encendiendo aún más a sus dueños. Las manos no se estaban quietas, acariciando espaldas, pechos, piernas y todo lo que tenían a su alcance, recreándose en zonas que tenían bien aprendidas.
Kadar se entretuvo besando con delicadeza el cuello donde se unía con el hombro, complacido al notar como se estremecía. Siguió bajando por su pecho, dando besos y lametazos, levantándole una pierna para acomodarla en su hombro. Besó el interior de su muslo con verdadera devoción. Sin previo aviso introdujo un dedo en su interior, obteniendo un pequeño gemido de dolor como respuesta.
―Lo siento.
Siguió moviendo el dedo, sonriendo al notar la facilidad con la que cedía. Llevado de la impaciencia, metió un dedo más, reprimiendo las ganas de penetrarlo y hacerle el amor como un loco. Un gesto ansioso de Aegor lo animó a llevar su erguido sexo hasta su entrada y penetrarlo. Se inclinó sobre él y lo besó con pasión. Los brazos de su amante lo rodearon, pegándolo más a él, incitándolo a moverse con auténtico desenfreno, como estaba deseando que hiciese. No necesitó más para comenzar a embestir con fuerza, sintiendo el miembro de Aegor rozarse contra su vientre, provocándolo, aumentando aún más su excitación.
Le mordisqueó una oreja, deleitándose con los gemidos y suspiros del Vail, que se estrellaban contra su cuello. Siempre le había fascinado como el orgulloso Assassin terminaba manso como un corderito al roce de un beso o una caricia. Se aferró con fuerza a sus caderas para empujar con un poco más de fuerza, sintiendo una corriente eléctrica anunciando el inminente orgasmo. Una repentina calidez le indicó que Aegor ya lo había alcanzado, y con un par de enérgicos movimientos, se vació en su interior.
Se acomodó junto a él en la cama, observando a su amante con verdadero cariño. Estaba convencido de que todo volvería a ser como antes, que volverían a estar juntos de nuevo. El hecho de que se hubieran acostado juntos parecía probarlo. Le acarició la mejilla con un dedo, tratando de evitar que se quedara dormido. Quería disfrutar de él un poco más antes de que se tuvieran que ir a la frontera.
―Antes resistías más ―le susurró besándolo en el cuello.
―Acabo de llegar de un viaje ―protestó, pero lo agarró para acercarlo más.
―Eso no te detenía.
Aegor sonrió. Kadar tenía razón, nunca le había hecho ascos a una buena sesión de sexo sólo porque acabara de llegar de un viaje. De hecho, aquel solía ser un aliciente. Pero ahora era distinto. No eran pareja desde hacía mucho, y no tenía demasiado claro lo que pasaría a partir de aquel momento. Aunque seguir un rato más con aquello tampoco era tan mala idea.
―Ya veremos quien es el que más resiste de los dos ―replicó mirándolo con lujuria mientras lo tumbaba de nuevo y se sentaba a horcajadas sobre él. Ya tendría tiempo de pensar en el futuro.
Continuará...
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