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[Mañana del 4 de Julio]
Hacía dos días que me había ido del barco para explorar mejor Urungalu. Más tarde haría una exploración como Dios manda con el resto de la tripulación, pero sentía que necesitaba unos días para mí mismo. Debía centrarme, estar alejado de Firia un tiempo, perfeccionar los poderes de mi Akuma no Mi y entrenar el nuevo estilo de lucha, la mezcla de breakdance y capoeira que se me había ocurrido.
No había salido de la costa norte. Aquello lo haría con Firia y Samiziel. No; prefería quedarme allí y conocerla bien. También merecía la pena encontrarse gente nueva; de vez en cuando, salía algo interesante. Pero centrémonos en el día 4 del mes de Julio...
Me desperté cuando los primeros rayos de sol penetraron la ventana. Por cómo estaba mi cabeza, creo que no había dormido suficiente. En la cama, estirada a mi lado, se encontraba una chica desnuda. Era hermosa y tenía un cuerpo de espanto, pero me di cuenta de que emitía algún pequeño ronquido de vez en cuando, y de que no tenía los pechos del tamaño que solían gustarme. La estuve observando un rato, con una sonrisa un tanto idiota, hasta que, con cuidado, me separé de ella para no despertarla.
"Oh... jajaja, joder..."
Por el suelo había restos de polvo blanco y botellas vacías. Poco a poco fui recordando lo que había pasado la noche anterior: había conocido a la chica en la taberna, su novio se había puesto bravucón, había tenido que noquearlo para que me dejara en paz, y ella se había quedado a mi lado. Luego... sí, habíamos pillado cocaína y montamos una fiesta para nosotros dos. ¿Cuánto habría dormido? A ella no parecía que la pudiese despertar nada ni nadie. Recogí la ropa del suelo y, con dificultad, me vestí. Tardé bastante en hacerlo. Un cuarto de hora, más o menos. No es fácil cuando tienes un brazo metálico terminado en garra. Luego observé la habitación: se trataba de la de un motel roñoso "cero estrellas", probablemente. ¿Había pagado? Ni idea. Me fui al lavabo, meé, me lavé la mano derecha y, cuando estuve listo, salí a la calle. Allí me desperecé y sacudí la cabeza.
Un nuevo día me ofrecía todas sus oportunidades. Sonreí, encendí un cigarrillo y eché a andar hacia la taberna más cercana. Necesitaba humedecer esa garganta tan seca.
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Vale, no voy a negar que mi gira últimamente iba del norte al este y del este al norte. Anoche lo pasé muy bien, pero cuando la mañana rozaba el alba me puse de camino. Aún con el carromato Canelo, mi precioso percherón castaño, podía recorrer el camino en unas horas.
Me dirigí a casa de mis padres, donde desayuné e intercambié ciertas impresiones, así como recoger algunos objetos que el marido de Cyril había traido para la familia. Una capa preciosa, una jaula con un par de conejos de angora blancos, y otras muchas cosas que repartimos. Antes de irme mi madre me preguntó si quería cambiar a Trenza por Canelo. Trenza es un percherón hembra negro, una auténtica preciosidad. Pero de momento, con Canelo me valía.
Me despedí de mis padres y me puse en marcha hacia la plaza principal, donde solía estar la algarabía. Me encendí una pipa con una mezcla de tabaco y mientras ,sentada en el banco del cochero, guiaba a Canelo.
Tenía que comprar tabaco, algunos víveres y algo de polvora, espejos y otro tipo de cosas.
Cuando llegué a la plaza me dirigí primero a la tienda de comestibles de Sharon, donde les hice mi pedido y pagué mientras su hijo mediano se dedicaba a subir las cosas a mi carromato, entre ellas un pequeño barrilete de tabaco y unpaquete con marihuana. Podía fiarme de ellos, eran viejos amigos de la familia, siempre habíamos comprado allí. Con la mirada localicé una taberna que no tenía demasiada mala pinta. Un barril de cerveza y unas cuantas botellas de ron obrarían maravillas para unos cuantos festivales.
-Sharon, ¿Puedes vigilarme esto un momento?-pregunté bajando del carro.
-¡Descuida, Lin!- contestó apostándose sobre el carromato para guiarlo a lo que solía ser la zona de descarga, protejido de las malas intenciones.
Me dirigí a la taberna con paso tranquilo y sinuoso, con el sonido volatil de mi capa rasgando el aire con hipnotizante suavidad. En aquel momento un muchacho entró en mi campo de visión, tenía el pelo dejado , de un castaño que se volvía rubio. Fumaba tranquilamente un cigarrillo, iba vestido con ropas extravagantes, y era hermoso. No, hermoso no, la hermosura se deteriora y se pierde con el tiempo.
El era atractivo, como si nada pudiese perturbar esa sonrisa. Resultaba atrayente, como si tus ojos necesitaran mirarle. Curioso, sin duda.
Pareció adentrarse en la taberna y, ya sin saber si por mi primer deseo o por su presencia, me adentré en esta, echando un vistazo a mi alrededor. De buena mañana ya había mucho que una mentalista podía observar. Dos amigos comían y hablaban de sus historias con interés, sin saber que uno de ellos era desgraciado. Cada vez que terminaba de reir, su gesto se volvía lastímero, como si deseara recuperar esos tiempos. Al fondo, un hombre dormía sobre una mesa, aparentemente borracho, pero solo estaba cansado. Seguramente su amante le había hechado de buena mañana, iba vestido con prisas, pero la satisfacción era visible en su rostro.
En la barra estaba él.
Me acerqué a la barra y sin mirarle me dirigí al tabernero, preparando mi mente para un nuevo reto. Quien no caia por la mente caía por el cuerpo.
-Buenos días, jefe. Tengo interés en comprar un barril de buena cerveza. Veamosque maravillas esconden sus barricas - comenté guiñándole un ojo, con una sonrisa. El hombre necesitaba que lo animaran.
Desde que había entrado frotaba con un trapo el mismo vaso con mirada perdida, debatiéndose quizá en sus propios devenires. Miré por el rabillo del ojo al extravagante hombre, tratando de concebir su idea, como había aproximado las de los demás.
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Decidí no entrar en la primera taberna por donde pasé. Al fin y al cabo, era donde habían sucedido los hechos de la noche anterior, y tal vez -no; seguro- alguien me recordaría. No tenía ganas de jaleos a esas horas de la mañana, así que seguí caminando. Tinc... tinc... tinc... la garra, inerte a mi izquierda, iba haciendo el ruido habitual contra la empuñadura de la katana. Con cierta pereza, me quité las legañas de los ojos. Debería haberme lavado la cara. Sorbí por la nariz; apenas quedaban restos de coca en mi fosa nasal derecha.
Al cabo de un rato llegué a una plaza ligeramente concurrida. Me fijé en un carro tirado por un bonito caballo percherón, pero no me acerqué ya que, cerca de allí, divisé una taberna de aspecto bastante digno. Me acerqué con paso decidido y entré. Observé el panorama: todo estaba tranquilo. Alguien dormía en un rincón, y la gente hablaba y reía con normalidad. Preferí dirigirme a la barra, pero no supe qué pedir. Era demasiado pronto para empezar a beber algo fuerte... Me apetecía una cerveza, pero lo que más me gustaba era el vino. ¿Tenía berris para eso?
No llegué a contarlos. Poco después de que yo entrase en el local, la puerta se abrió de nuevo, y llegó una chica. La miré como quien no quiere la cosa, y la vi echando un vistazo por el bar. Desvié la mirada y me centré en las botellas que había tras la barra, dando una calada al cigarrillo con gesto desinteresado.
Era una mujer alta y de curvas intensamente sugerentes. Imposible no reparar en ella. Había algo en su cuerpo, o en su mirada... no sabría decir el qué, pero su atractivo iba más allá de lo físico. Tal vez fueran sus gestos, o lo exótica que resultaba. No... tampoco era eso. Tenía un pelo curioso, con el flequillo blanco y la melena lila, hecha de rastas. Desde luego, resultaba misteriosa. Sus ropas, al menos, me hicieron pensar eso.
Hay gente así... pero somos muy pocos.
Noté cómo se ponía a mi lado, en la barra. La miré de reojo, aspirando su olor. También era exótico. La verdad es que por un momento pensé que tendría una erección allí mismo. Y eso que la noche anterior había follado...
-Buenos días, jefe -le dijo la chica al tabernero-. Tengo interés en comprar un barril de buena cerveza. Veamos qué maravillas esconden sus barricas.
Entonces me miró por el rabillo del ojo, y me pilló haciendo lo mismo. Sonreí como si me hubiesen sorprendido haciendo una travesura y volví a centrarme en el tabernero.
-Creo que acompañaré a la señorita... déjame probar un par de cervezas y escogeré una jarra para mí.
El barman asintió, revitalizado ante el guiño de la chica desconocida, y se adentró en donde debía tener la bebida almacenada. Por mi parte, volví a mirar a la mujer con un poco más de descaro, pero fingiendo que no me llamaba tanto la atención como lo hacía en realidad.
-Un barril... -comenté manteniendo la sonrisa-. ¿Celebras algo, querida? Si es así, felicidades.
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Pillé al muchachio infraganti, haciendo exactamente lo mismo que yo. Eso despertó aun mas mi curiosidad ¿acaso teníamos un sistema de pensamiento parecido?
Sonrio.
Sonrio con esa eterna sonrisa que había llamado mi atención nada mas verla, como si fuese irrompible. Pidió al tabernero, que fué a cumplir con su trabajo, mientras él me miraba y por fin se dirigía a mi. Contra lo que se pudiera pensar de lo andrógino que resultaba, su voz era grave, y entró en mi cerebro como una ráfaga que hizo que mi interior se estremeciera.
Conocía ese tipo de voces, por que a efectos, yo tenía una igual, elevada a su máximo esponenete. Una voz hipnotizante, que te permitía calar hasta los huesos a cualquiera que osara escucharla.
Reí musicalmente un momento cuando él dijo aquello y luego clavé mis ojos grises en los suyos, carmesís, del color de la sangre, aterradores y sugerentes se posaron sobre los míos, el electrizante azul que los recorría brilló por un momento, antes de sonreir enigmaticamente.
Con apenas dos cortos pasos insinuantes, llegué a su espalda donde estaba, posé las cinco llemas de mis dedos sobre su cuello, tocando en el camino su suave pelo. Su piel era cálida y suave, desde luego si era guerrero se cuidaba muy bien. Apoyé mi otra mano sobre su hombro humano, aunque quizá sería mas correcto decir que de nuevo, como una caricia volátil, fueron mis llemas de los dedos quienenes se posaron sobre su hombro humano.
Uní su mejilla con la mía, asomándome sobre su hombro sin garra por la espalda, sintiendo el calor de su rostro. Deslicé mi rostro, acariciando su mejilla con mi nariz en un aparentemente inocente jugueteo, para acabar disponiendo mis labios junto a su oido.
-Estamos vivos, Señor- derramé cada palabra como un susurro, rebotarían contra su cerebro como un eco -¿Acaso no es eso digno de celebrar?- dejé caer finalmente, separándome de el, arrastrando mis dedos por su piel un momento antes, justo a tiempo para comprobar como el tabernero salí con unos cuantos vasos llenos de culines de cerveza.
Al fin y al cabo era una cata, pero con un poco de suerte no se limitaría a la cerveza.
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Ella se rió ante mis palabras. No había sido una broma en sí, pero creo que fue más el modo de decirlo lo que provocó su risa. Tenía una voz fascinante, y unos gestos mitad pícaros, mitad adorables. Luego me miró a los ojos, con sus dos turbadoras pupilas grises. Al pasar por ellas un destello azulado, sin quererlo, deslicé mi lengua por el labio superior, un tic muy mío que aparece en ciertos momentos.
Enigmática. Enigmática es la palabra, sí. Sonriendo de esa forma, se acercó a mí con pasos sugerentes. Yo la seguí con la mirada sin moverme, hasta que desapareció de mi campo de visión. Me quedé mirando al frente, con la barra del bar ante mí, notando a mi espalda la presencia de la mujer. Olía a lilas, ahora lo sentía claramente, y durante un momento cerré los ojos. Entonces noté el suave tacto de sus dedos en mi cuello. Fue un contacto muy delicado, hecho con lo que me pareció una mezcla de picardía y ternura. Y, mientras las yemas de sus dedos se deslizaban, lentamente, unos centímetros por mi piel, sentí la intensa vitalidad de esa chica.
Volví a cerrar los ojos, y esta vez los mantuve así. Es más fácil centrarse en el tacto, el oído y el olfato de esta forma. Me alegré de tener un elevado autocontrol, porque si no, se me habría puesto la piel de gallina fácilmente, o habría tenido que tragar saliva. Pero allí estaba, disfrutando del contacto con aquella mujer y dejándome llevar sin preocupaciones. Noté cinco dedos más, que, delicadamente, se posaron en mi hombro derecho. Y, entonces, unió su mejilla contra la mía. Movió su rostro lentamente, para acariciarme con la nariz mientras sus labios se dirigían a mi oreja.
-Estamos vivos, Señor -susurró de la forma más seductora posible-. ¿Acaso no es eso digno de celebrar?
Como os imaginaréis, a esas alturas yo ya iba totalmente empalmado. No es que el contacto femenino fuese una novedad para mí. Joder, ya sabéis que no, pero, desde luego, lo de aquella mujer estaba muy fuera de lo común. Además, no en vano me habían dado el título de El Señor del Deseo, en Red Cross. No sólo porque me resultaba muy fácil seducir a una chica... sino también por mi insaciable apetito sexual.
Las palabras de la enigmática mujer recorrieron mi cabeza como un latigazo de placer, pero, antes de que pudiese reaccionar, se separó de mí, volviendo a su sitio. Abrí los ojos. El tabernero regresaba de la bodega, con unos cuantos vasos con algo de cerveza en cada uno. Ah, sí, la cata de birra. Todo interés en ella se había esfumado, pero tendría que aguantar con esa situación como pudiese.
Miré de reojo a la chica, con gravedad. Necesitaba llevármela a la cama. Se convertiría en algo urgente, lo sabía, pero no debía perder la paciencia. No con alguien de su categoría. De repente, me sentí analizado. ¿Estaba jugando conmigo? Bien, no me importaría que me utilizase para su diversión. No se trataba de dominar o ser sumiso, en todo caso. Por lo menos, esa era la sensación que tenía. Muy raras veces respetaba del todo a una presa sexual, pero en aquella ocasión sí que era así. Me acordaría de su nombre, y utilizaría su recuerdo para masturbarme en algunas de las noches más solitarias. Creo que, al mirarme de nuevo a los ojos, pudo comprender, de alguna manera, todo aquello. No se lo quería ocultar; en realidad, era todo un halago. Porque yo me había sentido halagado, y estaba agradecido. Agradecido y excitado.
Respiré hondo, tratando que no fuera demasiado evidente la calentura que había sufrido. Tenía que deshacerme de la erección, y, gracias al control de la sangre, lo conseguí. Ya lo sé, ya... aquello era hacer trampas... pero cada uno juega con lo que tiene, ¿no? En cualquier caso, ya más calmado, sujeté un vaso y volví a mirar a la chica a los ojos. Sin mediar palabra, con aquel gesto le prometí cosas maravillosas. Hasta que volví a hablar, y esa voz aterciopelada, tan parecida y tan diferente a la suya, salió de mis labios, sonrientes de nuevo.
-Brindemos, entonces -me acerqué un paso a ella y apoyé el codo humano en la barra, con gesto desenfadado, sosteniendo el vaso a la altura de mi pecho-. Será la celebración más sincera que habré visto en mi vida... con el mejor motivo que se me podría haber ocurrido. Qué... -la voz se convirtió en un profundo susurro-...interesante.
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No pasó desapercibido ese leve gesto. Lamerse los labios. Aquel sencillo tic transmitía mas de lo que cien buenos poetas hubieran podido expresar del deseo. Hubiera deseado ser yo quien lamiera sus labios. Era un gesto de necesidad, de delicia, de hambre. De hambre de mi, y por esa sinceridad desbordante comencé a sentirme mas atraída por él si cabía.
No era solo su belleza o su voz. No creo en los flechazos comunes, en ver a una persona y entregarle tu vida y fidelidad. Creo que existe un sin número de gente a la que amar, a la que entregar lo que desean, y todo él, sus formas y sus gestos le hacían ganarse su derecho a que yo lo hiciera para él.
Sentirle con los ojos cerrados, bajo mi contacto, su disfrute me turbaba y me hacía feliz. Inmensamente feliz como lo era en toda mi vida, pero siempre había gente especial a la que era imposible olvidar. Él sería uno de ellos. Mi mente y mi cuerpo estaban entrenados, a pesar de las apariencias, en el mas absoluto autocontrol. Podría despejarlo, coger mi barril y marcharme, mi mente se aturdiría con su recuerdo un par de días, y luego, con suerte, lo olvidaría...
Me arrepentiría toda mi vida. Podría hacerlo pero no quería, o puede que me engañara a mi misma y supiera que le deseaba tanto que me era incomprensible entender aquella intensa necesidad y su repentina aparición.
Yo nunca había follado. Jamás. Con cada uno de los hombres y mujeres con quien había compartido mi cuerpo había hecho el amor mas profundo y absoluto. E aquí la diferencia. Uno puede follar con cualquiera, buscando el disfrute personal o incluso haciéndole un favor a otro. Era solo ese momento, luego no importan ni sus caras ni quienes son. No creía en romanticismos propios de mujeres casadas o señoritas que esperaban su hombre ideal. Creía en satisfacer su secreto y voluntad, en hacer que el elegido se sintiese completamente amado, anhelado y complacido. Creía en la posibilidad de dar pasión tan real que nuestro encuentro siempre cambiaba algo, y nunca era olvidado. No puedo asegurar ser la mejor en el sexo, pero puedo asegurar que cada uno de mis entregados jamás me olvidó.
Fue imposible de evitar que mis ojos se clavaran de nuevo en los suyos. Su mirada, compleja de comprender, incluso para mí, se esclareció para tornarla en un profundo halago. Reflejaba en ella mi propio pensamiento, y por un momento sentí que él me comprendía, que sabía... que si finalmente cumplíamos nuestro deseo mutuo no sería otra de tantas.
No me considero mas especial, ni mejor que cualquier otra. Pero sé que mis motivos son distintos, y eso me basta.
Sonreí al chico con satisfacción, un brillo agradecido encendió mi expresión al darme cuenta de mi fortuna.
Él respiró profundamente, tratando de calmar quizá sus pensamientos, igual que yo lo había hecho con los míos. Pronto volvió a mirarme a los ojos, y sentí que tenía mucho que ofrecer, y que quería hacerlo. Mi curiosidad por él no veía límites, igual que mi deseo no dejaba de crecer, como un nido de hormigas de fuego en las entrañas, devorándome y consumiéndome. Era tan atrayente... Su voz acabó con el breve silencio, y envolvió a mi mente como un manto. Todo en el, desde el primer momento, había resultado perturbador.
Levantó su vaso con cerveza, adoptó una posición desenfadada, y con mi imperturbable sonrisa enigmática escuché su brindis, mientras mis ojos, a medida que el muchacho hablaba, se empapaban poco a poco en la lascivia, clavados en los suyos.
- Brindemos... celebremos lo interesante. Al fin y al cabo, hoy sois mi invitado de honor - dije con pleno convencimiento, pero con suntuosidad.
Era mas mi deseo que una invitación, aunque no creía que fuese a renegar de mi ofrecimiento. Choqué el vaso contra el suyo y bebí de un trago uno de los vasos de cerveza rubia. Una gota se deslizó desde la comisura de mi boca, resbalando por la barbilla y el cuello, sin prestarle importancia. Aquello solo era el principio...
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-Brindemos... -contestó-, celebremos lo interesante. Al fin y al cabo, hoy sois mi invitado de honor.
Bebí a la vez que ella, mirándola por encima del vaso. Sólo era una cata, así que habían más vasos con los que brindar, pero, aunque eran escasos y contenían muy poco líquido, ya pediríamos más. Aquello de ser su "invitado de honor" sonaba genial, por varios motivos. Dejé el vaso en la barra y la mirada se me resbaló desde sus ojos al cuello, encima del escote, por donde se le había deslizado una única gota. Alargué un dedo hacia allí, antes de que llegara a los pechos, y la gota se quedó en mi yema. Fue inevitable llevarse el dedo a la boca y soltar un "je...".
-Es todo un halago -dije entonces-. Y, si soy tu invitado de honor... eso te convierte en mi amfitriona -le tomé una mano; se podía notar que ella me trataba de vos y yo a ella de tú, pero mis gestos eran casi aristocráticos. Entrelacé mis dedos con los suyos, sin dejar de mirarla a los ojos, y me acerqué otro paso-. Descubrirás que soy un invitado muy agradecido... querida.
Todavía no sabía su nombre. Pensé en preguntárselo, pero pronto rechacé la idea. No importaba; ya saldría. Y, si no... tiene su gracia recordar a gente sin saber su nombre. Hay otras formas de llamar la las personas, en todo caso.
Dibujé un lento remolino con mi pulgar en la palma de la mano que estaba junto a la mía. Así era como se tenían que hacer las cosas... con calma, disfrutando de cada momento, de cada sensación. Aquella chica lo sabía muy bien, eso estaba claro. Bajo el olor a lilas, se notaba algo que indicaba una enriquecida experiencia sexual. Retiré la mano sin brusquedad y tomé dos vasos más, uno para cada uno. Bebí unos dedos más de una cerveza diferente, más fuerte, más oscura.
-¿Cuál te gusta? -pregunté. Al fin y al cabo, algo le teníamos que decir al tabernero.
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Sentir el dedo de aquel chico sobre mi cuello, cerca de escote, mientras bebía me hizo cerrar los ojos y sonreír para mis adentros. Estábamos jugando. Jugábamos y el lo sabía, y eso me hacía tanta gracia, y me excitaba tanto que reprimirlo no valía la pena. Hacía mucho que no topaba con un oponente como él. Algo me decía que era de ese tipo de personas que debían caer por cuerpo y mente. Debía encontrar qué quería de mi por deseo, y qué cosa podría someter su carácter.
Encontrarlo sería el quebradero de cabeza de nuestro encuentro, una necesidad que yo tenía que desvelar, por que ese era mi cometido. Todo podía esperar si era capaz de conseguirlo hoy con él.
Sus palabras no hicieron mas que reforzar mis buenas vibraciones. Le miré entrecerrando los ojos con una sonrisa, mientras el entrelazaba su mano con mía, acercándose un paso. Movimientos sutiles, que para alguien como yo, no lo eran en absoluto. Me giré levemente para quedar frente a él, y mi mirada se arrastró por su pecho hasta sus ojos, donde volví a reposar los míos. Mi mirada, impredecible, prometía un paraíso en la tierra.
- Eso me halaga igualmente, Señor. Ya que, como anfitriona, solo deseo satisfacer por completo todos y cada uno de sus deseos- dije aquello con parsimonia, dando a cada palabra el valor adecuado, flotando en mi tono delicioso.
Dibujó sobre la palma de mi mano un remolino con su pulgar, mientras mis dedos índice, corazón y anular se posaban entre el espacio de sus nudillos, acariciándolos con el largo de mis uñas con suavidad.
Lo sentía en el aire, tan intenso que casi podía saborearse. Era aquélla sensación maravillosa e inigualable. La anticipación.
Él estaba dispuesto a disfrutar de cada gesto, y yo no iba a decepcionarle. No podía permitirlo. Cada una de sus caricias era aplicada sabiamente, en la proporción adecuada, si bien no la que el deseo anhelaba recibir, la que era necesaria para que la excitación no dejara de crecer. Por un momento me pregunté si él no sería uno de nosotros.
Tomó otro vaso que bebió. Esta vez me detuve a mirarle, recreándome en el momento. Ver su nuez en movimiento me recordó que era una parte de los hombres que me resultaba tremendamente erótica. Cuando terminó de beber, preguntó. Yo tomé mi vaso y lo acerque a mi boca con suavidad.
-Pues - dije metiendome la cerveza en la boca.
La anterior la había bebido de una vez, pero esta vez me dio por saborearla. Al fin y a cabo la otra rubia era muy común. Esta parecía tener algo mas de fuerza, mas matiz. Pero saborearla fue, quizá, una mala idea.
No recordaba en qué espectáculo había guardado una de las piedras de chispa en la parte trasera de una de mis muelas, pero al pasar la lengua por allí, se desprendió.
La piedra de chispa era una pequeña piedra que prende al reventarse entre dos dientes. Genera una pequeña chispa suficiente para prender fuego en la boca a algún liquido inflamable, un espectáculo de come fuegos bastante espectacular, pero algo peligroso. Si no te das cuenta del prendido puedes abrasarte. Por suerte, mientras mi lengua paseaba saboreando los matices de la cerveza hipé, oyendo el pequeño “clack”.
Mis ojos se abrieron de la sorpresa, y una pequeña llamarada de fuego se deslizó de mi boca, adoptando el tamaño de mi propia cabeza. Apenas me dio tiempo de ladear ligeramente la cabeza para no hacer peligrar al tabernero o mi acompañante. Ocurrió en apenas un instante. Aun así, el ruido del fogonazo y la llama no pasaron inadvertidas para el resto de la tasca, que pareció detenerse un segundo, mirando a mi dirección.
Hipé nuevamente, tapándome la boca con dos dedos, soltando aún un hilillo de humo entre los labios, mientras todos me miraban, entre sorprendidos, extrañados y asustados.
- Vaya - dije limpiándome las comisuras, como si nada – Creo que me gusta mucho mas esta - dije con una sonrisa radiante al tabernero.
Luego dirigí una mirada cómplice a mi acompañante, con una sonrisa divertida, y no me privé de guiñarle un ojo de forma misteriosa mientras mi sonrisa se ensanchaba un poco mas, fortaleciendo quizá la floreciente idea de que se hallaba ante una verdadera caja de sorpresas.
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-Eso me halaga igualmente, Señor -dijo la mujer-. Ya que, como anfitriona, sólo deseo satisfacer por completo todos y cada uno de sus deseos.
Decía las palabras con el ritmo justo, adecuando el tono de voz en cada sílaba para que el resultado fuera embriagador.
"Todos y cada uno de mis deseos, ¿eh...?"
Entonces saqué mi otra sonrisa. La peligrosa. La que parecía mostrar mi verdadera naturaleza: la frente se ensombrecía, destacando el color sangre de mis ojos, y un colmillo asomaba por debajo del labio superior. Si había tenido algún tipo de duda respecto a acostarme con esa chica, se esfumó en seguida. Conseguiría un trago de su sangre, sí... o, por lo menos, haría lo que fuera para convencerla. Puedo ser muy persuasivo.
Recordé la primera vez que probé la sangre. Había sido gracias a Firia. Casi me avergonzaba de haber derramado una lágrima en ese momento (por Dios, ¿cuánto hacía que no lloraba? No lograba recordarlo), pero me había parecido lo mejor que conseguiría en mi vida, el límite de mis experiencias. No había placer superior. Era la mejor droga, con diferencia.
En cualquier caso, la escena con la seductora mujer en la taberna seguía su curso:
-¿Cuál te gusta?
-Pues...
Pareció saborearla, pero, al cabo de unos segundos, algo extraño sucedió. Sus ojos se abrieron, y los míos se entrecerraron al instante, intuyendo el peligro. Pero ella se limitó a ladear la cabeza rápidamente y... de su boca salió una espectacular llamarada, como si fuera un truco de magia. Yo di un paso hacia atrás, con el pelo erizado, y me llevé la mano derecha a la empuñadura de la katana, sin desenvainarla todavía. Oh, ya no sonreía. La miré con desconfianza, sin decidirme a actuar. El bar entero la miraba, pero ella parecía ajena a todo eso. Miró al tabernero, tapándose los labios, de donde salían un par de hilillos de humor.
-Vaya -se limpió las comisuras-. Creo que me gusta mucho mas esta.
La miré con extrañeza, a la vez que el pelo volvía a hacerle caso a la gravedad. Quité la mano de la empuñadura y, tras unos segundos de pausa, me eché a reir. ¡Me encantaba esa mujer! Miré al tabernero de mejor humor.
-Ya la has oído, tío. Ponle un barril de esa birra -dije.
Cuando se fue a por el pedido, volví a centrarme en la desconocida.
-Perdona, pensaba que... -suspiré-. Nunca se sabe quién puede enviar a quién para matarme.
Lo decía sinceramente, pero todavía tenía los músculos tensos.
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Su sonrisa para nada pasó desapercibida. Ahí estaba. Ahí estaba su verdadera forma, sombría y excitantemente peligrosa. Os mentiría si os dijera que no sentí cierto miedo cuando el joven sonrió de ese modo. Sin embargo pronto todo se esfumó.
El estallido le pilló desprevenid, y pude sentir como se tensaba a mi lado como una trampa para ratones mal preparada. Se le erizó todo el pelo, y puso la mano sobre su katana, pero pronto se percató de mis intenciones. Sonreí a mi acompañante cuando el rió, algo mas relajado al parecer, aunque su cuerpo aún mantenía su nerviosa reacción.
Cuando el tabernero desapareció el volvió a fijarse en mi, y la taberna completa volvió a la normalidad. Suspiró, quizá lamentado por su error o puede que cansado de lo que su propio mensaje transmitía.
- No le deis importancia. - dije suavemente mientras me acercaba a él.
La semilla de la desconfianza estaba sembrada, y aun parecía tenso. Me puse frente a él y pasé mis manos sobre sus hombros, hundiendo mis manos en la espesura de su pelo, disponiendo las diez yemas de mis dedos, así como parte de ellos sobre su cuero cabelludo en la parte posterior de su cabeza, masajeando suavemente, buscando sus puntos mas sensibles. Mi cuerpo quedo separado del suyo por unos escasos centímetros.
En el interior de mi ropa Blackandeker se apretó un poco mas contra mi. Desde mi posición clavé mis ojos en los suyos a un palmo de su rostro, examiné el carmesí, en busca de esa peligrosidad que había observado, en silencio. No lo parecía, pero ¿querría él matarme a mi?
Podría ser una posibilidad como otra cualquiera, pues el deseo adoptaba muchísimas formas, pero ¿iba a quedarme sin averiguarlo por temor a su mente? No, desde luego que no.
Sonreí con suavidad, manteniendo sus ojos en los míos. En cualquier otra circunstancia podía haber hecho creer a quien quisiera que estaba del todo a salvo mientras posaba la punta de un puñal a su espalda, pero por algún motivo, el hombre que tenía delante me parecía tan complejo que sería difícil intentarlo, así que me dediqué a transmitir mis deseos a través de los ojos. Con mi mirada misteriosa e indescifrable a esa corta distancia, le hablé con tal suavidad que solo él me oiría.
-¿Os parece que mi deseo es hacer daño a alguien como vos? - dije aún mirándole, permitiéndole examinarme de la misma forma que hacía yo con él.
Estuve así unos momentos de los que disfruté plenamente, y entonces, con rapidez me separé de él, como empujada y salí corriendo hacia la entrada de la taberna. De paso esquivé a dos hombres que se encontraban en mi recorrido. Esquivé al primero pasando por su lado, de forma ligera y volátil, y luego al segundo dando una vuelta sobre mi misma, mientras seguía corriendo hacia la salida. Parecía danzar.
Salí hacia la plaza, y metí dos dedos en mi boca, dispuesta a ejecutar un silbido prolongado. Del lugar de carga se escuchó un relincho, y acto seguido el percheron salió corriendo desde el lado de la calle en el que Sharon lo había dejado. Ella iba sentada en el lugar del cochero. La mujer bajó con una sonrisa, mientras yo le daba con disimulo una pequeña bolsa con berries, por su mercancía, y cinco mas por el cuidado del carro. Besé su frente y ella se despidió, apostando la parte trasera del carromato cerca de la entrada a la taberna.
Di un golpe a un lateral del carromato y toda la parte trasera pareció desprenderse, bajando al suelo, formando una pequeña rampa, siendo el interior del carromato cubierto sin embargo por un telón. Volví a entrar en el bar con paso tranquilo, caminando sinuosamente mientras me encargaba de que nadie pasara por el trayecto marcado, portaba en la mano una cuerda que parecía meterse en el interior del carro. Llegué hasta la barra, apoyándome en ella.
-Cuidado - dije sin mas, soltando la cuerda, mientras miraba a la entrada
Un sonido destensado se oyó desde la tela del carromato, y un barril rodó cuesta abajo por el, entrando por la puerta del bar, haciendo que dos hombres que se habían puesto a cruzar se apresuraran, esquivando el barril, que parecía rodar sin control hacia mi y mi acompañante.
Me quedé en el sitio, y en el momento en que parecía que iba a impactarnos frenó en seco, tensado por la cuerda que llevaba atada a dos de las argollas. La medida era perfecta, lo había comprobado, algo así no podía fallar. Sonreí hacia mi acompañante y el tabernero que acababa de salir, cargando el barril.
-¿Tienes un berrie, por favor? - dije tendiendo la mano hacia el joven, con mirada entrecerrada. Ya había empezado en plan espectacular, así que vamos a irnos a lo grande.
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-No le deis importancia -dijo la chica al ver mi reacción, mientras el bar volvía a la normalidad.
"Hecho."
Se acercó a mí y acto seguido pasó sus manos por mis hombros. Le busqué la mirada, dejándome hacer, e intenté adivinar sus intenciones. Sólo pude ver deseo, y una curiosidad voraz. Algo en mí la fascinaba. Y era algo recíproco. Poco a poco, sus dedos fueron desplazándose hacia arriba, hasta mi cuero cabelludo, y empezó a masajearme ciertas zonas estratégicamente elegidas. Uf, eso me encantaba. De hecho, me gusta muchísimo que me toquen y me hagan masajes. Sobre todo si saben hacerlos.
Estaba muy cerca de mí. En una ocasión, puse los ojos en blanco sin poderlo remediar, tal era el placer que la mujer me estaba brindado. Sin darme cuenta, lentamente todos los músculos se fueron relajando. Volví a mirarla. Buscaba algo en mí. ¿Estaba dudando de algo? No, no era duda. Sonreí, agradecido.
-¿Os parece que mi deseo es hacer daño a alguien como vos? -susurró.
"No."
Me pasé la lengua por un colmillo, bajo mis labios.
-No.
Noté el comienzo de una nueva erección. Ella no estaba tan cerca como para notarla. Menos mal. Estuvo masajeándome un poco más, pero, de pronto, se lanzó hacia atrás. No me lo esperaba. Desapareció por la puerta con sus movimientos gráciles y me quedé solo, con mi erección y las ganas insatisfechas de ser masajeado. Apoyé de nuevo el codo en la barra, y esperé. Mientras tanto, la erección desapareció. Al poco rato la mujer volvió a entrar con una cuerda en la mano y se puso a mi lado. Al tirar de ella, ún barril entró rodando en el local, deteniéndose a sus pies. Lo utilizaría para transportar la cerveza, probablemente, y no tener que pagar por un barril nuevo.
-¿Tienes un berrie, por favor? -preguntó.
Asentí y hurgué en mis bolsillos. La verdad es que no me quedaba mucho dinero. Puse la moneda en su mano tendida, rozando con mis yemas su palma. Todo movimiento era calculado con gran precisión. Pero ella tenía algo entre manos. Alcé una ceja, expectante y divertido por su modo de hacer las cosas.
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Mi joven acompañante, y fuente de aquel extraño deseo que me invadía por momentos finalmente me alcanzó la pequeña moneda, después de haber hurgado un poco en sus bolsillos. Me miró expectante, aguardando lo que iba a hacer a continuación. Yo sonreí nuevamente, esta vez, de forma ligeramente maliciosa. Era la sonrisa del espectáculo.
- Señoras y señores, ¿Hacen el favor de contemplar lo que tengo en mi mano derecha? - dije enseñando el Berrie claramente entre dos dedos.
Luego me separé ligeramente de la barra y pasé al lado de él, haciendo que girara su intrépida y sagaz vista que estaba posada en mi, como la de algunos clientes.
- Que curiosa facultad del ser humano, que toda su vida se rige por estas piececitas de metal ¿no es cierto? Pero qué educación la mía, para quienes no me conocen ni debieran conocer mi nombre, todos sabemos que mejor prevenir que curar, os diré como me llaman algunos de los que si lo hacen. – comencé a moverme por el local, apenas un par de pasos para volver a mi sitio, pero con gracilidad y suavidad, evocando sus miradas.
- Algunos me conocen como “La mujer de oro”, mas conocida como - dije mirando seductoramente a los presentes en el local, haciendo una pausa dramática, manteniendo su atención en mi – “Goldie” – finalicé moviendo los hombros arriba y abajo con suavidad, de forma juguetona, mientras del bar surgía una risa general.
Me puse en un lugar en el que todos veían con claridad, a un par de pasos de mi acompañante, y algo atrasada, me remangué las mangas y me coloqué la capa algo hacia atrás para que me vieran las manos con claridad.
- Ahora vamos a ver por que valgo de verdad mi peso en oro – sonreí, lancé la moneda al aire y la recogí y mostré el berrie entre mi dedo índice y pulgar - Un berrie en mi diestra, damas y caballeros, y si lo meto en el puño ¿cuántos me quedan? ¡En efecto, dos!- metí la moneda en el puño con rapidez, y volví a extender los dedos, esta vez había dos berries, uno entre mi índice, mi anular y mi corazón – ¿Probamos otra vez?– Lo volví a hacer y esta vez al estirar los dedos, había cuatro berries entre ellos – Pero que celosa, no hay nada que la diestra pueda hacer que no sepa la siniestra - y de la mano izquierda surgieron igualmente cuatro berries.- ¿y si los paso a la derecha? Dejo sobre la barra un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho berries. Cierro el puño, y vuelvo a dejar sobre la barra, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho berries. – podía ver las caras de los creyentes alucinados, los soñadores bucólicos y los iluminados avaros.
Después de dejar las 16 monedas sobre la barra volví a alejarme un poco y volví a sacar de la mano derecha un único berrie, el que al principio me había dado mi acompañante.
-¡Sin trampas, a la vista está! Voy a ponerlo mas fácil - lancé el berrie a mi otra mano, y luego lo devolví, y cada vez que me pasaba de una mano a la otra, un berrie mas había en el montón de monedas que volaban entre mis dos manos-- ¡Esto sale solo! - dije con candidez dejando la cantidad de berries sobre la barra, provocando de nuevo una intensa risa. El bar al completo aplaudió divertido, y cuando ya se creía al final, acerqué mi mano hacia la oreja de mi acompañante y con un movimiento rápido, un berrie apareció entre mis dedos. Tomé su mano con suavidad y deposité la moneda en su palma con la misma delicadeza con la que él lo había hecho.
- Creo que esto es tuyo - dije con tono seductor. Le miré con una amplia sonrisa juguetona y le guiñe un ojo.
Por que yo sabía ser una mujer deseable ¿Qué hay mejor que una dama que consigue satisfacer al completo todas las necesidades de un hombre?
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La mujer sonrió con malicia. Iba a pasar algo grande. Hice un movimiento con la cabeza, como diciendo "adelante, no te cortes", aunque desde luego no hacía falta.
-Señoras y señores -anunció-, ¿hacen el favor de contemplar lo que tengo en mi mano derecha? -se trataba del berri. Se movió para estar más a la vista de la clientela del bar-. Qué curiosa facultad del ser humano, que toda su vida se rige por estas piececitas de metal ¿no es cierto? -buena reflexión; no lo había pensado-. Pero qué educación la mía, para quienes no me conocen ni debieran conocer mi nombre, todos sabemos que mejor prevenir que curar, os diré cómo me llaman algunos de los que sí lo hacen.
Entrecerré la mirada, sin quitarle los ojos de encima. Al parecer, esa chica era algo conocida. Me entristeció estar a punto de conocer su nombre, porque siempre es algo que prefiero dejar para después del sexo, o simplemente no llegar a conocerlo. Habría tenido su encanto recordarla como "la chica de las mil y una sensaciones" mientras se me dibujaba una sonrisa idiota en la cara. Pero su voz era un regalo precioso, y no dejaría de escucharla ni por un segundo por algo así. Era toda seducción.
-Algunos -prosiguió-, me conocen como “La mujer de oro”, más conocida como... Goldie.
Era una mezcla de humor y erotismo. A todo el bar le entró a risa, yo incluido, aunque me reía menos que la mayoría. Goldie... no se me habría ocurrido jamás.
-Ahora vamos a ver por qué valgo de verdad mi peso en oro. Un berrie en mi diestra, damas y caballeros, y si lo meto en el puño, ¿cuántos me quedan? ¡En efecto, dos!
Era verdad, dos monedas brillaban en su cálida mano. Había hecho un movimiento rápido, pero nada hacía sospechar que se sacase las monedas de otro sitio. Realmente, era un truco muy sutil.
-¿Probamos otra vez?
De este modo, fue duplicando las monedas que tenía, hasta que llegó a mostrar un total de dieciseis berries. Yo estaba admirado, al igual que el resto de espectadores. Prosiguió con otro truco, más espectacular si cabe. Se iba pasando una moneda de una mano a otra, y con cada salto aparecía una nueva. Pero, más que el truco, yo la miraba a ella. Cada vez me gustaba más la tal Goldie. Se movía con gracia y suavidad, y sabía adaptar el tono de voz en cada comentario para conseguir misterio, humor o interés. Era un poco descarada, pero hasta eso resultaba encantador. El bar al completo bailaba a su son, haciendo lo que ella quería que hicieran. Los había comprado a todos; se había convertido en la reina del lugar. Goldie dominaba la situación, toda la gente estaba felizmente pendiente de ella, y lo había conseguido con su voz y unas pocas monedas. Bueno, y su cuerpo, claro.
"Es Cielo e Infierno a la vez" -pensaba; me había puesto poético-. "Es angelical. Puedo ver sus alas doradas y su corazón cruel. Puedo tocar sus alas negras y su corazón piadoso. Es más ángel de lo que jamás será Samiziel, y más infernal de lo que yo llegaré a ser..." -sonreí-. "Bueno... tampoco exageremos. No te distraigas, manco."
Para terminar la función, acercó su mano vacía a mi oreja e hizo aparecer otro berrie entre sus dedos. Levanté las cejas, divertido, mostrando sorpresa, y ella tomó mi mano para devolverme la moneda con delicadeza.
-Creo que esto es tuyo -dijo, sonriendo y guiñándome un ojo.
Todo el bar aplaudía, menos yo. Tampoco habría podido hacerlo a causa de la garra, en todo caso. Me guardé la moneda sin quitarle los ojos de encima. Mi rostro era neutro. No sonreía, pero había algo de anhelo en mi mirada. Sé calcular estas cosas, y si quiero me puedo dejar llevar por estas sensaciones. Quería. Le sujeté la muñeca, sin apretar demasiado pero con firmeza, y atraí a Goldíe un poco hacia mí.
-Eso ha sido impresionante -susurré, escondiendo mi rostro entre su pelo. Tenía la voz un poco ronca, pero eso sólo hacía que sonase más varonil-. ¿Sabes...? Nunca imaginé que te llamaras Goldie...
Levanté la mirada, todavía en esa posición. Muchos clientes nos miraban. Asusté con la mirada a uno, que desvió sus ojos de los míos, nervioso de repente.
-Je... -solté, un "je" leve que prometía sangre y placer a partes iguales. Me separé un poco de Goldie y la miré, con menos solemnidad que unos segundos antes-. Me has hecho un masaje, he podido beber gracias a ti y por si fuera poco me acabas de brindar un espectáculo genial -algo teatral, me llevé la mano al corazón-. Me siento en la obligación de recompensarte, querida Goldie... -la sonrisa se me escapó-. ¿Qué puedo hacer por ti?
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Pude sentirle observándome, siguiéndome con la mirada. Adoraba aquella sensación, ser observada, admirada, querida, aunque fuese unos momentos, y aunque fuesen espejismos lo que ellos amaban. Era tan real como lo que vivían pero esta vez no era como siempre.
Lo hacía para él. Ahora todo lo hacía para él. El resto de ojos no importaba, aún restándole importancia, y mostrándome ante todos, quise pensar y sentir que aquel joven sabía que era por y para él al completo. Aunque los demás se sintieran alentados y parte de ello, solo eran eso. Espectadores de lo que nos sucedía.
Cuando acabé, el me miró, y una ola de calor me hizo temblar ligeramente de la cabeza a los pies. Era algo incontenible, tan intenso que hasta a mi me resultaba grotesco. No podría retrasarlo mucho mas tiempo. Le deseaba, y le deseaba ya. Aún podría jugar con él un poco mas, pero no si seguía así. Sus meros roces me hacían fantasear tomarle allí mismo, una clara prueba de que poco a poco se me iba de las manos. Cuando me tomó de la muñeca y me acercó a él, hundiendo su rostro en mi pelo, me estremecí por completo, y apenas si pude ahogar un suspiro.
La anticipación había dejado paso a la excitación. Aún cuando deseara realmente matarme, era ya algo inminente. Sonreí cuando dijo aquello, tan teatralmente, poniendo una mano sobre su corazón, a lo que solo pude responder haciendo por primera vez contacto con su cuerpo y el mío. Posé delicadamente mis manos sobre sus hombros. Al sentir el calor del muchacho, blackandeker me apretó haciéndome proferir un leve gemido, mientras unía mi mejilla con la del joven, que sin duda habría notado el movimiento de la serpiente, así como su fría piel. Me deslicé hasta posar mis labios cerca de su oído, permitiéndole sentir mi cálido aliento, poco a poco incontrolable de deseo, mientras susurraba para él casi en un ruego.
- Desea. Ansía. Suspira y anhela - dije única y exclusivamente para él, hice una pausa apenas un segundo- Víveme…- disparé aquella última palabra, insinuante y dócil, pero poderosa.
Me separé de él, y le solté la mano. Con toda la rapidez de la que era capaz, el tabernero se llevó mi barril vacío, até el nuevo, y al tumbarlo nuevamente sobre el suelo. Di dos golpes al barril con la punta de la bota y este comenzó a rodar hasta subir al carromato, tirado por la cuerda. Acto seguido y después de un saludo general, que fue bien respondido por aquellos que se encontraban en la taberna, incluyendo al cantinero, me situé en el lado izquierdo de mi acompañante, le tomé la intimidatoria garra y salí de la taberna, disfrutando de su fría textura, en contrapunto al calor implacable que sentía por todo el cuerpo.
Alcé la parte de atrás del carromato, y cuando estuvo dispuesto, subí en la zona del cochero, echando una mano a mi acompañante, para que subiera conmigo, tomándole la mano derecha. Nos sentamos en silencio, azucé a Canelo, y el percherón comenzó a galopar hacia las afueras, dejado atrás la actividad de la plaza y la gente que me conocía y saludaba, para llegar a las callejuelas de las afueras, vislumbrando pronto el bosque. Con las riendas en ambas manos, finalmente hablé por primera vez desde que nos hubiéramos quedado solos, sin mirarle, casi temerosa de perder los estribos.
-Dedos los llaman - dije extendiendo una mano, para que pudiera verla. Me giré para mirarle a los ojos, y me dejé perder en sus dos sangrantes pupilas, obnubilada -Dedos los llaman, pero cada uno tiene un nombre. Y no dejan de ser dedos, pero cada uno es lo que debe en su momento. Ellos me recordarán como la dama de oro, Goldie. Pero ese nombre mancillará en el futuro lo que significaré para ti. Aun siendo un momento. Debes llamarme por mi nombre ¿Lo entiendes? - le pregunté con severidad, mirándole a los ojos, sin perder el misterio ni por un segundo.
Poco a poco dejábamos atrás la ciudad. Buscaba un claro en el que poder estacionar, con algo de hierba para Canelo y rodeado de árboles. No eran difíciles de encontrar, en realidad me lo conocía todos. Todos en los que estar en tranquilidad.
- Debo encontrar cuál es mi nombre para ti - dije finalmente, haciendo frenar a Canelo, con una sonrisa enigmática por completo, llena de deseo y curiosidad. - Llámame Shar - le pedí, mientras dejaba las riendas de Canelo atadas a la pequeña baranda frontal del asiento del cochero, mirándole a los ojos, mientras una de mis manos se posaba suavemente sobre su rodilla, acariciándola con extremo cuidado, con la volatilidad que me caracterizaba desde que comenzara nuestro encuentro.
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-¿Qué puedo hacer por ti?
Goldie se acercó más a mí, puso sus manos en mis hombros y, ligeramente, apretó su cuerpo contra el mío. Podía notar en ella el deseo, y cierta turbación. O estaba a mi merced, o precisamente sucedía todo lo contrario. Dejé escapar el aire lentamente, en un suspiro largo, mientras sus labios se aproximaban a mi oreja. Algo se movió en su vientre, un tacto que se me antojó, incluso con su ropa de por medio, frío y siniestro. Pero al escuchar sus palabras, mis pensamientos se centraron totalmente en ella, y olvidé aquel movimiento extraño.
-Desea. Ansía. Suspira y anhela -susurró-. Víveme…
Imposible no abrazarla y buscarle el cuello allí mismo. Pero hice lo imposible. Apenas moví un poco el brazo para rodearle la cintura, pero me detuve a medio camino. Estábamos en un sitio público, tuve que recordármelo. En cualquier caso, no habría podido dejarme llevar porque Goldie mantuvo la calma por los dos. Se separó de mí, se encargó de los barriles y realizó una despedida general para los clientes de la taberna, bien correspondida. A mí me cogió la garra con una mano. Musité un "ten cuidado..." que pasó desapercivido, y me condujo hasta la salida del bar. Me dejé llevar. Antes de salir, mi mirada se cruzó con la del tabernero. Me sonrió. Yo hice lo mismo y le guiñé un ojo justo antes de desaparecer por la puerta. Goldie había hecho una especie de salida triunfal, y me había dejado participar en ella. Me gustaba su estilo... ¿no lo he dicho ya?
La mujer se dirigió al carromato que había visto antes de entrar en la taberna. Después de todo, resultaba que era suyo. Alzó la parte de atrás del vehículo y luego se dirigió a la parte frontal. Subió en el asiento del cochero, detrás del cabello, y me ofreció la mano para que hiciese lo propio. En silencio, la seguí y me senté a su izquierda. Goldie cogió las riendas y, sin más dilación, el percherón empezó a galopar.
La miré un momento, a punto de decir cualquier tontería, pero me callé. Parecía afectada. Yo también lo estaba, claro; si por mi fuera, me habría tirado encima de ella en dirección al interior de la caravana. Pero el vehículo estaba en medio de la calle, y no era plan de ser descortés. Miré al frente, observando cómo nos alejábamos del núcleo del pueblo. Nos dirigíamos a las afueras.
-Dedos los llaman -dijo ella de repente.
Había extendido su mano sin mirarme. Luego posó su mirada en la mía, y la gravedad volvió a actuar entre nosotros. Yo asentí, todavía en silencio.
-Dedos los llaman, pero cada uno tiene un nombre. Y no dejan de ser dedos, pero cada uno es lo que debe en su momento. Ellos me recordarán como la dama de oro, Goldie. Pero ese nombre mancillará en el futuro lo que significaré para ti. Aun siendo un momento. Debes llamarme por mi nombre ¿Lo entiendes?
"Ni de coña..."
-Más... o menos -contesté, un poco perplejo.
Goldie (¿o no? Después de todo, ese no era su auténtico nombre) tenía esa manera de decir las cosas con la que no siempre resultaba fácil captar el mensaje. No la había entendido demasiado bien, pero tampoco le pedí que me lo explicara mejor. Algo me decía que se habría limitado a sonreir y a quedarse en silencio.
Finalmente, llegamos a un claro protegido por unos cuantos árboles. La mujer hizo que el caballo frenara. Sonreía de esa forma desconcertante.
-Debo encontrar cuál es mi nombre para ti. Llámame Shar.
-Shar... -la chica deslizó, con su delicadeza característica, una mano sobre mi rodilla, acariciándola con cuidado-. Eso puedo hacerlo.
Alcé la mano derecha y deslicé los dedos por su mejilla, sin dejar de mirarla a los ojos ni por un instante. Era terriblemente bella. Y estaba caliente, muy caliente. Tanto como yo. Daban ganas de arrancarle la ropa allí mismo.
Normalmente ya habría adelantado la cabeza y la habría besado, pero, por algún motivo, algo me frenaba. No era falta de confianza en mí mismo... era que, con Shar, no podía fiarme de ninguna experiencia anterior. Con ella, todo parecía nuevo, en cierto modo. Y, en parte, quería hacer las cosas a su manera. Me gustaba cómo se movía, cómo me miraba y cómo hablaba. Uno podía perderse fácilmente en el movimiento de sus labios o en el embriagador aroma a lilas. Respiré lentamente, saboreando aquel perfume, y cerré los ojos un instante. Luego, al dejar escapar el aire, los volví a abrir y, sin darme prisa, bajé la mano.
-Crimson. Me llamo Crimson Jealous. Pero... con Crimson a secas basta -desvié la mirada, estúpidamente avergonzado de repente. Carraspeé un par de veces y volví a mirar a Shar.
"¿Por qué has tenido que decir lo de que con Crimson a secas basta, manco...?"
-Perdona. Es que... estoy nervioso. Y no sé por qué.